-Ya me voy -dije-. El solo acomodó la cobija debajo de su cuello y ni me volvio a ver.
-Hey... me tengo que ir... -repetí-. Ese día había llovido. El me invitó a su casa para almorzar, éramos buenos amigos. Ese día había llovido y me había mojado, mis jeans estaban pesados por el agua.
El me había prestado unos boxers y una camiseta, y yo me los había puesto delante suyo. El me los quitó. Yo le di el permiso.
-Bueno, adiós -suspiré-. Abrí la puerta y salí.
El tenía manos grandes y ágiles... siempre me habían gustado sus manos. Nunca había pensado en besarlo, pero en ese momento quería provocarlo, enloquecerlo... Quería ver esa mirada de desesperación en sus ojos.
Bajé las gradas lentamente, todavía podía escuchar su respiración.
El me había tocado, yo lo había besado. El sudaba, yo gemía... Todo había pasado tan rápido.
Seguí alejándome, me tenía que ir. Todo había acabado, el placer se fue con el viento. Había charcos la calle.
-¡Yo sí te quiero! -gritó tras de mí.