Iba camino al colegio, tarde como siempre. Era alto para su edad, adolescente en pleno desarrollo. Temprano esa mañana había entrado de puntillas al baño de su madre para usar la rasuradora herrumbrada que había en la gaveta; ella insistía en que todavía no era necesario, pero él era hombre ya.
Pasó la verdulería, y el verdulero le mostró entre los labios estirados sus dos dientes negros, la verdulera le guiñó el ojo visco. Él respondió el habitual saludo levantando rápidamente la mandíbula mientras hacía un puchero con la boca. En el semáforo la vendedora de periódicos le lanzó un
– ¿Mijo como maneció?
Volvió a asentir con la cabeza, mientras sus ojos se clavaban en el vientre flácido y estriado de la vieja.
– ¿Por qué será que usa la ropa tan chiquita? –Pensaba él.
–Qué chiquillo más galán es ese, lástima… Si no fuera… Bueno deporsi mi Gisela ya tiene novio… -Pensaba la vieja vendedora de periódicos.
Él iba medio amargado, por poco lo habían atropellado por estar viendo los zapatos guindados en los alambres eléctricos de la calle esa. –Malparido el imbécil que desperdicia así los zapatos –pensaba.
Tras de eso su mamá ni le había calentado el café. Solo había encontrado un pedazo de pan añejo en la canasta pegajosa que guardaban en el horno.
–El negocio va mal –había gruñido desde la cama su mamá.
–Las chiquitas ahora son muy bonitas –agregó amargamente. Él solo agarró las llaves y salió.
Ahora pasaba la panadería. Jugó el juego de todos los días retándose a si mismo ni a oler ni a ver. Cerró fuertemente los ojos y pensó en ratas negras salpicadas de cloaca. Le retorció el intestino delgado pero no supo discernir que si de hambre o del bien logrado asco autoinducido. Siguió caminando para arriba y ya podía escuchar el desorden y los gritos provenientes de las 13 aulas adherentes a la acera.
– ¡Ruido asqueroso! –eran los pensamientos oscuros de Santiago esa mañana. –Asco… tanto asco a mi alrededor. ¿Seré yo el asqueroso? –murmuraba para sí.
En la entrada al colegio, Marielos, la conserje gorda con mostacho teñido, le echó un vistazo de desaprobación pero sacó el puño de llaves y después de varios segundos buscando la tal llave le abrió el portón.
–Entre ya, pero rapidito que hoy toqué tarde porque se me fue el rato cagando –Y soltó esa disgustante carcajada, donde toda la grasa de su papada se movía como las olas cuando hay marea alta.
– A lo mejor llega antes de que pasen lista... –él solo le levantó las cejas y pensó para sí que los gordos deben cagar mucho más que uno, que casi ni come.
-¡Jueputa chiquillo!, ¡qué amargao…! –Le disparó Marielos con una mirada asquerosamente coqueta.
–Puta su abuela –dijo bajo su aliento Santiago mientras caminaba al aula.
–Yo me eché gel hoy, chicas, para ver si me hago colochos- contaba entre risas Anita.
–Ay yo ya nunca me echo gel, porque prefiero planchármelo, ¡así es más a la moda! –seguían de necias.
–Dichosa usté q tiene plancha…
Él ignoraba esas faldas cortas. Evitaba que sus ojos divagaran a los muslos bronceados y las blusas semitransparentes.
– ¿Será que ahora son más bonitas? –se preguntaba mientras se sentaba en la última fila al centro y atrás. De por si eso le valía ahora. Pues si, ahora todo era más fácil.
– ¿Mucho ruido anoche mae? –Ya empezaban, los estúpidos. Santiago tenía amigos, pero todos se pasaban de vez en cuando, y de broma en broma se le calentaba la frente.
– ¡Ah! ¡Ah!- gemía remedando uno de ellos. Santiago solo giró la cabeza y esta vez decidió aceptar la presencia de las falditas verdes.
Examinó la curva en las caderas, el perfecto arco de la espalda, la piel suave y fresca, tersa. Él sabía como se movía, la había visto bailar.
–Por el baile se discierne mucho de una mujer –había pensado alguna vez.
Sus amigos se lo habían confirmado; no de ella, sino del baile. Ellos también la estaban viendo, era casi imposible no verla, hasta para sus amigas.
–Que guapa Florentina, ¿cierto Santi? -Él solo mantuvo la mirada, algo abstracto, algo melancólico.
–Lastima que es tan puta…
Entró la profesora, sonriente como todos los días. Santiago sabía que era humanamente imposible amanecer todos y cada día con una sonrisa en la cara, y especialmente mantenerla durante horas. Había pasado horas sentado en su pupitre observándola; sus gestos, movimientos, su tono de voz, su cuerpo. La conocía desde el quinto grado de la escuela, cómo no iba a saber lo que pasaba. Ella tenía problemas. No tan fáciles de solucionar como los ejercicios matemáticos que escribía en el pizarrón, sino más allá de lo que puede dibujar una tiza.
Santiago había visto cómo se miraba al espejo cuando se lavaba las manos, observándola a través de la puerta entreabierta del baño de mujeres. También veía como se revisaba el pelo y el maquillaje cada vez que se subía o se bajaba de un automóvil. Varias veces la había percibido caminando por el pueblo, repetidamente revisándose la figura en su reflexión sobre los ventanales de las tiendas. También la había visto comer yogurt en las mañanas, y como, después de chupar la cuchara, pasaba varios minutos estudiando la reflexión invertida de su cara.
Él no se quejaba de la sonrisa, eso si le gustaba. Lo que le molestaba era la hipocresía. Él sabía que ella sonreía solo porque era su mejor pose… ella había estudiado su propio rostro por horas, incluso había perfeccionado esa bella sonrisa a través de los años.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un
– ¡Buenos días! – agudo y en cierta forma infantil.
El orden se estableció en la clase y todos se acomodaron en filas.
–Sergio Artavia?
–Presente.
–Andrea Carrazco?
–Presente.
Sintió una mirada posada sobre él e instintivamente volvió a ver, buscando al curioso. Sus ojos se bloquearon en los de ella. Él retraído, ella coqueta. Siempre lo miraba así, bueno… a todos.
–Lástima que es tan puta –retumbó en su cerebro.
–Lástima que es tan puta –chilló su cerebro.
–Lástima es tan puta… –torturó su cerebro.
La mirada seguía fija en los ojos, pero él podía ver como ella suavemente se acariciaba el pelo, luego deslizaba los dedos por el cuello y jugueteaba con el dije que colgaba de su garganta. Levantó la mano y entre risas se mordió el dedo; él, frió e inmóvil, solo la observaba sin decir nada.
– ¿Eduardo Fonseca?
–Presente.
– ¿Alejandro Guerrero? –silencio.
– ¿Alejandro?
–No vino –interpuso alguien.
Así continuó, y después de acabar con el último nombre, empezó la revisión de tareas. Con el pasar de las horas, se intensificaba el alboroto al acercarse la hora del recreo.
Florentina era una chica lista. Nunca faltaba con sus tareas y siempre se mantenía entre los mejores promedios del grado. Santiago, en cambio, a pesar de ser sumamente inteligente, era irresponsable con sus entregas, tenía poca participación en clases y siempre llegaba tarde; la salvación al llegar el final de trimestre era siempre una excelente calificación en conducta y sus brillantes ensayos… cosa que era de extrema conveniencia a la hora de realizar un examen de desarrollo.
Por vueltas de la vida, Florentina había decidido que su cuerpo era la única forma de lograr lo que quería, cuando ella lo deseaba. Su inteligencia se limitaba a resolver ejercicios de álgebra lineal y recordar la fecha de la caída de Napoleón. Sabía el número de cationes y aniones de cada uno de los elementos en la tabla periódica y recitaba las Rimas como si fueran el padre nuestro. Camino al colegio cruzaba la calle solo cuando el semáforo estaba en verde, botaba los envases plásticos en las cajas de reciclaje y nunca comía chicle.
Santiago salió de su delirio, no porque quisiese, si no porque la chica de adelante había tocado suavemente su hombro para entregarle un papel diminuto doblado a la mitad.
–Te lo manda Flore –dijo, y con un guiño se volteó y siguió con sus apuntes.
Era un papel perfectamente cortado, y al abrirlo descubrió una nota escrita con letra grande y fluida. La nota decía así:
“Te vi un punto, y flotando ante mis ojos
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura, orlada en fuego,
que flota y ciega si se mira al sol.”
“Adondequiera que la vista fijo
torno a ver tus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada:
unos ojos, los tuyos nada más.”
Semejante cursilería no se lo pasaba ni por el culo.
–Nada más por ser Bécquer no lo rompo en pedazos… -y agarró la nota fuertemente entre los dedos y con ella hizo una bolita diminuta, para luego tirarla dentro de su bulto.
Florentina se levantó de su lugar y salio apresurada de la clase. Los hombres chiflaron al verla salir, ya que, apenas cruzó la puerta, pasó una ráfaga de viento que le levantó la falda, dejando a plena vista sus hermosos glúteos. Santiago sintió que había actuado de forma justa; odiaba los poemas de amor, y Florentina, a pesar de ser hermosa, no le llamaba la atención en ese sentido particular.
Ninguna mujer le llamaba la atención en ese sentido particular. Así de sencillo. Tampoco deseaba comprar las revistas tan altamente cotizadas entre los hombres del grado, y prefería salir a correr antes de tocar su propio cuerpo en momentos de ansiedad sexual. Se sentía bien así. La suciedad a su alrededor así solo le llegaba hasta la piel, y no lograba traspasarle los poros.
Pasaron quince o veinte minutos y Florentina no había regresado, y como apenas iba a comenzar la prueba oral de aritmética, la profesora mandó a que la buscasen. Todos los muchachos se levantaron a prisa, menos uno. Estaban ansiosos por ser los elegidos para ser el paño de lágrimas de tan deliciosa carnita.
Vanidosa como era la profe, sus mejillas no tardaron en volverse un profundo carmesí, y víctima de su propio orgullo decidió enviar al menos dispuesto para la tarea.
–Santiago, vaya usted, ya que desde temprano ni atención le ha puesto a la clase.
–Profe… es que no sabría donde buscarla… –en eso todos los hombres y una que otra mujer soltaron una carcajada.
– ¡No se haga, mae!
Santiago sintió que no cabía una gota más de sangre en los capilares de su cara. Se levantó cabizbajo y salió, arrastrando los pies.
Claro que sabía donde buscarla. Le decían “El jardín de Florentina”. Ahí no pocos de ellos habían gozado el mejor de sus recreos, entregándose plenamente a los placeres carnales impartidos por ella.
Poco estaba enterada de que el hueco de la alcantarilla servía de miradero, y que por ahí se alimentaba la enciclopedia de fantasías de la mitad de sus compañeros de clase. Él lo sabía, y evitaba acercarse a esa esquina oscura detrás de los vestidores aún cuando estaba consciente de que ella se encontraba en otro lado.
Entre más se acercaba al lugar, más ganas tenía de salir corriendo. Él sabía que ella lo estaría esperando, no era solo un presentimiento. Ella estaba muy segura de sus poderes seductores. Lo peor de todo es que él no se estaba haciendo el difícil. Simplemente no quería.
Pensó una y otra vez en dar la media vuelta y decirle a la profesora que no la había encontrado. Pero él era hombre.
–Los hombres como yo no son cobardes –se regañaba a si mismo.
Escuchaba el eco de sus pasos y sentía la humedad en las paredes infestadas de hongos. Hasta el aire era más espeso en el “jardín”. Dobló en la esquina y divisó las piernas esbeltas arrinconadas contra la pared. La llamó con la mano, pero ella hizo caso omiso a las señales, más bien bajó la cabeza y cerró los ojos.
–Vea Flore, la profe la anda buscando porque ya ahorita tenemos quiz…
–Santi… solo venga un ratito, que quiero decirle algo.
–Ya me imagino.
–No es lo que usted cree.
– ¿Entonces?
–Quiero pedirle perdón.
–Esta bien, perdonada.
–No, es que usted no me está entendiendo…
–A ver, cuénteme…– Santiago se acercó y relajó un poco los músculos tensos de su cara. Se sentaron juntos en la acera.
–A mi me da vergüenza con usted, Santi.
– ¿Por qué así?
–Porque usted es muy bueno.
– ¿Y por qué lo dice?
–Ay, Santi…
–Vea Florentina, mejor hábleme claro porque me está confundiendo…
–Yo se que yo a usted no le gusto, pero yo quiero… quiero… por lo menos una vez… no hay nadie que yo tenga más ganas de… siempre… –Santiago se levantó bruscamente y empezó a caminar hacia la salida.
– ¡Santiago! ¡No! ¡Escúcheme por un momento! ¿O es que tan cobarde es? –…Un insulto de esa índole no era aceptable para él.
–Yo no estoy acá para que usted me ande toqueteando, Florentina. –Dijo bruscamente.
– ¡Escúcheme Santiago! –gritó casi entre lágrimas. –A mi me da pena con usted porque yo se lo que soy… y yo se que a usted no le gusta eso…
Santiago se volteó y la miró fijamente,
–Yo quiero ser como usted, que… no le hace falta tocar la piel de otro para sentir que uno es alguien. Yo quiero poder caminar sin pensar en los ojos que me están mirando… quiero…
Él quería huir. Sentía que era una pesadilla, y que por equivocación había ido a parar en una de las telenovelas que veía su mamá las noches cuando no tenía trabajo. ¿Qué estaba haciendo él en el jardín con esta detestable criatura?
–Bueno, váyase. –interpuso ella. Él dio unos cuantos pasos, pero de repente se detuvo, volteó, y la encaró.
–Yo se lo que le digo… Vea, usted es bonita, no necesita que la toquen para saberlo. Piense un poquito más, no sea tonta. Deje de ser tan… tan…
– ¿Puta? –preguntó, bajando la mirada.
No paró hasta llegar al muelle. Ahí se detuvo y gritó… cualquiera hubiera pensado que en esos momentos se quemaba en los fuegos del infierno. Gritó y lloró. Era un llanto seco, sin lágrimas, un llanto de hombre. Se arrancó los zapatos y corrió hacia el mar. Peleó contra las olas y se adentró, lejos de la orilla.
Nadó largo rato, y cuando su cuerpo no daba más, se volvió sobre su espalda y miró al cielo. Su cuerpo se movía en armonía con el mar, y los ojos le devolvían al mar su sal. Se quedó ahí sollozando hasta que el mar retornó a la tierra con lo que no le pertenecía.
Con el cuerpo tendido sobre la arena y las extremidades flácidas del cansancio, Santiago se arrastró hacia un lugar más seco. Las lágrimas ya se habían secado, ahora solo sentía que la ropa empapada le llegaba con el frío hasta el alma.
Ya estaba atardeciendo cuando Santiago lentamente abrió los ojos, rojos e irritados. Su mente estaba en nulo. Sentía que tenía tantas cosas que pensar que no se podía concentrar en ninguna; igual que cuando uno despierta de una pesadilla pero el cuerpo no resiste la necesidad de volver a dormir.
Había sollozado pensando en si mismo, en su mierda de vida.
–Qué fácil es hundirse en la autocompasión –pensó- pensando en mí podría llorar por horas aún sin tener justificación lógica.
Sin embargo, ese no era el caso ahora. Justificación le sobraba, quién no tiene justificación cuando se es un hijo de puta.
Inhaló mucho aire, hasta el fondo, y se levantó.
– ¿Cómo ocultar lo inocultable? ¿Cómo dejar de ser lo que se es? –esto, y otras cosas pasaban por su mente mientras atravesaba la arena para llegar a la calle.
–Sé lo que soy, todos lo saben… -continuó caminando, derecho, pero sin alzar la mirada. –… pero nadie entiende… soy yo y mi inalterable destino… solo yo…
A lo lejos divisaba la misma calle que había cruzado esa mañana, la verdulería, la panadería… todos disponiéndose para cerrar el negocio al final del día. Ahí estaban todavía los zapatos en el cable, aquellos culpables de que haya empezado así su día.
–Ojalá me hubiera atropellado ese patán… Tonto yo por no fijarme, pero más tonto él por no haberme matado. De por si yo solo soy un imbécil hijo de puta que no sabe cruzar calles…
Decidió tomar un camino distinto, no quiso volver a ver esas caras simpatizantes de nuevo, por lo menos durante ese día. Estaba harto de la lástima, de la hipocresía y del chisme; y él con las fachas que traía, estaba seguro que causaría no poco revuelo por lo menos durante el mes siguiente.
–Soy producto del tabú, diferente a ellos pero de la misma carne y de los mismos huesos… Un tabú que realmente no lo es, porque… todos… alguna vez… por lo menos una… ¡Malditos!
¡Cuántas veces había pensado en eso! El pan que comía, era… producto de las verduras, de los zapatos, de la pesca, del trabajo del cajero, del dentista, periodista, artista… ¿De cuál de ellos habrá sido producto él?
Deseo carnal, peor que el animal. Por lo menos para un animal la vida no es un error… no como había sido él.
Había llegado al portón de su casa. Una figura oscura se alejaba, ya cruzando la esquina. Otra deambulaba por el patio. Abrió la puerta y entró.
– ¡Hola ma! –silencio… ella nunca respondía a estas horas, pero él sabía que sí lo había escuchado.
Pasó por la cocina y abrió la refri. Nada, de por si no tenía hambre... Mañana si habría pan fresco.

