Hace unos años cuando le puse título a este blog, para mí tenía todo sentido que la razón y el corazón estuvieran siempre en constante choque. La pelea entre el deber y el querer de las cosas. Siempre estaba frustrada por querer hacer cosas que yo sabía que no debía hacer.
Pequeños comportamientos que para mí formaban parte de la vida "normal" eran causa de remordimientos y preocupaciones. Durante casi todos los años de mi adolescencia vivi con un dolor muy grande por la incoherencia que encontraba en mi vida, tantas cosas que yo creía que eran correctas pero que resultaban casi imposibles para mí practicarlas auténticamente.
Por ejemplo... listas y listas de "pecados" que al cometerlos me impedían poder participar de la comunión en la iglesia. Antes de poder acercarme al cuerpo de Jesús debía pasar por encerrarme en un confesionario y contarle a un sacerdote (preferiblemente sordo y apurado) todo lo que había hecho para que Dios me perdonara.
Aquí es importante que se entienda mi intención. Para mí es increíble la gracia y lo cercano que se demuestra Dios en una confesión, y la alegría sobrenatural que siento al terminar la confesión es algo que nunca quiero dejar de experimentar. Mi idea aquí es aclarar que aunque Dios se demostraba a mí aún en esas condiciones, ahora de alguna forma mis ojos han enfocado en un plano más abierto y estoy entendiendo al fin que todo ese protocolo tiene más sentido de lo que jamás imaginé en esa época.
No se si alguien tiene la culpa o si no hay nadie que culpar por que yo haya entendido las cosas al revés: que para llegar a Jesús debía pasar por esos tormentos antes o si no estaba condenada.
Amo la comunión, para mí es el punto más alto de mi enamoramiento con Jesús, donde me acerco a entender su amor por mi, que entregó su vida por salvarme. Que pasó por tanto sufrimiento por amor y ahora está en mí y se demuestra hasta físicamente para que yo lo ame... es increíble... siempre lo he amado, porque en esos momentos Dios se ha colado entre mis enredos para mostrarse simple y pleno ante mí. Era un agobio para mí tener que sofocarme y odiar tener que confesarme para poder participar de la comunión.
Claro que le encontraba sentido, pues aunque sentía total arrepentimiento por mis equivocaciones, es increíble el poder que tiene hablar de esas cosas con alguien que no me está juzgando, sino que quiere compartir el perdón de Dios y recordármelo durante mi confesión. Nunca comprendí el amor de un sacerdote, siempre los vi como prohibidores, como condenadores... me costaba ver a Jesús en ellos. Para mí la confesión era un requisito para comulgar, como pagar un precio por el premio.
Que tan equivocada... Ahora ansío confesión, no me puedo acercar a comprender la misericordia de este Dios, que me ama y me perdona aún antes de cometer esos pecados... Deseo decirle una y otra vez ante cualquier testigo que quiero vivir en Él de la forma más pura y correr de cualquier ocasión de pecado. Que tan diferente es sentir el arrepentimiento a exclamarlo! A escuchar de oídos de otro que Dios me ama así como soy y que mi confesión es lo menos que puedo darle en palabras, y que lo que espera realmente es mi vida completa, no solo 15 minutos sentada en un confesionario.
Cómo me hubiera gustado entender que ese protocolo es lo de menos... que esos momentos de sentimiento sobrenatural era lo que yo venía a buscar en cada sacramento.. Que Dios no me pone condiciones, si no que me regala la posibilidad de acercarme libremente a Él y que me recibirá, quebrantada, en sus brazos.
Haber eliminado lo que durante tantos años me impidió vivir a Dios incondicionalmente... sin sentir la incoherencia del protocolo con el sentimiento sobrenatural que me provocaba, no tiene precio.
Dios, en medio de esa confusión, igual se demostraba ante mí, y aunque confundida, me mantenía ahí, con la esperanza que poder sentirlo de forma constante y libre en mi corazón. Dediqué tantas horas pensando y discutiendo sobre los frenos que me ponía la institución de la iglesia para llegar al Dios verdadero, llegué miles de veces a la conclusión que el protocolo no servía para nada más que para ordenar y administrar tanta gente. Ahora estoy conociendo al Dios vivo, y amo la institución porque Dios está en ella también, y entra en nuestro corazón si llegamos a la institución buscándolo únicamente a ÉL y nada más.
Ahora entiendo que de nada sirve juzgar, ni criticar, ni "humanizar"... Lo único que importa es tener a un Dios vivo en mi corazón, conocerlo, amarlo, buscarlo, adorarlo, dejarlo entrar y despedazar, renovar y limpiar mi interior; y todo lo demás VIENE. JESÚS es el centro y nada ni nadie más, y Él se dedicará a entrar en nuestra vida de forma personalizada. No somos patrones, cada uno tiene una esencia diferente, pero sí hay un solo Dios real y eso es lo único que importa.
Así que la razón y el corazón están de acuerdo, y el deber se vuelve querer cuando Dios está vivo en mi corazón y es el centro de todo mi existir. Poco a poco van derrumbándose esas contradicciones... caen fuertemente, y el choque a veces duele. Pero es el dolor de arrancar partes de mí que no me dejaban caminar recta, que me mantenía arrastrándome... Después del dolor viene la sanación y una vida real sin contradicciones.
Y ahora lo puedo decir con seguridad: Dios me buscó, aún dentro de esa confusión, para decirme que Él era más grande que las paredes y los frenos, y que Él quería mi vida.
Buscó una adolescente frustrada por sus propios pecados y le pidió su vida.
Aún lo recuerdo, y aún me lo recuerda.
1 comment:
Di... se murío. Eso o ya no tiene más dudas q merezcan ser escritas, lo cual me alegraría. O simplemente esta ya no es la vía que te agrada. De cualquier forma, que estés bien, Mich
Post a Comment